VENECIA

Saludó al mar con los ojos y su corazón se llenó de alegría al contemplarse tan cerca de Venecia.

Thomas Mann

Recuerdo la primera vez que no pisé Venecia. Preferí soñarla, intuirla, disfrutarla sin asomarme a sus canales o navegar en sus vaporettos. Preferí leerla antes que presenciar su desgaste o su lento hundimiento en la laguna.

Si lees mucho, nada es tan bueno a como lo has imaginado. Pero Venecia… Venecia es aún mejor.

Fran Lebowitz
Venecia
( © Isabel Merino – IMvisible)

No recuerdo cuándo la convertí en la ciudad musa de mis quimeras viajeras. En las guías de viaje, ensalzaban el Gran Canal, la catedral de San Marcos, el Campanile y, en ocasiones, hasta la belleza del acqua alta cuando las góndolas danzan a la deriva por la plaza. Y así, era la primera en mi lista de sueños por cumplir. Siempre que sueño, dormida o despierta qué más da, mi deseo suele tomar forma de ciudad. Una góndola atravesaba siempre el último fotograma de mi lucidez y se alejaba cuando ésta volvía. Recorría en fin, las páginas de los folletos que atesoraba en casa, en búsqueda del camino perfecto que me llevara a sus puentes, a su ruido carente de cláxones, a su vaivén de leyendas palaciegas, romances y mascaradas. El deseo era tan grande, como grande era el rechazo a cumplirlo si no era con la persona perfecta. Preferí arriesgarme a no pisar jamás esa decadencia majestuosa antes que cumplir un sueño a medias. Así, la evité tanto como la perseguí, durante años, a la espera. Y es que sólo así se disfruta Venecia a lo grande.

Yo no quiero ni París con aguacero, ni Venecia sin ti.

Joaquín Sabina

Recuerdo la primera vez que sí pisé Venecia. Tenía pocos años más que treinta y algo cuando perdida en el parking de un aeropuerto con nombre y pilares de genio, esperaba a un autobús de ventanas sucias que, atravesando Mestre, prometía una parada final en la ciudad tan largamente soñada. Hileras de casas se perpetuaban a lo largo de lo que me parecieron interminables paradas. En mi impaciencia, no mostraban ningún paraje peculiar y así, nada hacía presagiar que a sus orillas, cuando la laguna se asomara, se alzaría una de las ciudades más bellas, fascinantes y singulares del mundo. Un camino entre aguas, como aquel de baldosas amarillas que llevaba a la Ciudad Esmeralda, eso era el puente de la Libertad que flotaba sobre la laguna del Véneto.

El tren divagaba, se acercaba, nos alcanzaba, se alejaba, paralelo a nosotros, y descubría Venecia antes que yo. Cuando bajé en la piazzale di Roma no descubrí un mundo diferente, ni siquiera un mundo mejor, ni más bello, ni más mágico, ni más inusual, tan sólo una estación de autobuses como tantas otras, sucia y gris, aunque no diría que mal oliente. El olor es algo de lo que siempre advierten al viajero que se atreve a descubrir esta ciudad. Nunca nos hemos cruzado. El mal olor y yo, digo, al menos en Venecia. Sí me he cruzado con góndolas y traguettos, con puentes y plazas, con paredes palaciegas carcomidas por la humedad, palacios con historias e intrigas enmascaradas, esparcidas a lo largo y ancho del canal y de los sesteares: Cannaregio, Castello, Corsoduro, San Marco, San Polo y Santa Croce, y demás islas con ínfulas de arcoiris flotantes que atraen a pescadores y a turistas como yo.

No, ese olor nauseabundo del que muchos hablan, yo no lo he conocido en Venecia. Si acaso, un olor a épocas pasadas, a escritores que beben Spritz Aperol en el Harry’s bar, a acqua turbia, y por qué no a ropa mojada y a musgo. Un musgo que carcome los escalones que se precipitan al canal. Si los sigo, ¿me encontraré con la antigua Venecia sobre la que esta emergió o sólo descubriré pilares medio podridos que sustentan esta gran obra que Canaletto supo plasmar en los cuadros que visito a lo largo y ancho de los museos del mundo?

No hay nada que pueda, en Venecia, decepcionarme. En Venecia no puedes girarte sin ver algo espectacular.

Venecia
( © Isabel Merino – IMvisible)

Cuando fui a Venecia descubrí que mi sueño se había convertido, increíblemente, pero simplemente, en mi dirección.

Marcel Proust

Hice lo que todo turista hace cuando, a través del Gran Canal desembarca a orillas del Palacio Ducal, pero con la certeza, con la ilusión y con la valentía de ser consciente de cada paso que daba en mi ciudad de los sueños y en todos y cada uno de sus callejones de Nunca Jamás.  Guardé en mi retina cada una de aquella ventanas, cada uno de los escaparates engalanados de disfraces y máscaras, cada canto O sole mío que se alejaba con la corriente del canal, en la voz del gondolero que lo entonaba. Y así, cada góndola, cada movimiento de las aguas cuando un vaporetto las cruzaba, cada iglesia, cada plaza, cada escuela, cada rincón por más decrépito que pareciera y cada uno de sus más de cuatrocientos puentes desde los que me asomé para descubrir mi caricatura desdibujada en las aguas verdes, turquesas, turbias o claras, de los canales.

Me llevé a Venecia conmigo, (toda entera), para ir degustándola a través del tiempo en espera del regreso.

Nos despedimos en silencio, dejando el puente de Rialto atrás, y mucho antes el de los Suspiros. Qué desconcertante descubrimiento el del silencio que te regala el destino en las despedidas. Los ojos se mueven aquí y allá, con lágrimas secas, y sabes que no quieres ir a ninguna otra parte, ni estar con ninguna otra persona, ni vivir en otro momento que no sea ese que ya se apaga y se deja atrás y se convierte en recuerdo. Y un día, de repente, todo lo vivido también se convierte en algo que parece soñado. ¿Será por eso lo la ‘Vida es sueño’? ¿Qué sé yo?

Una gema naranja que descansa sobre una placa de vidrio azul. Es Venecia vista desde arriba.

Henry James

Y recuerdo, ahora que me marcho camino del puente de Calatrava que me dio la bienvenida tan cerca de la piazzale di Roma, unas palabras que leí en alguna parte:

Sensación maravillosa de cuando el destino finalmente se descubre y se convierte en un sendero inteligible y huella inequívoca y dirección exacta.


Eso fue aquella primera vez para mí. Así que no me pregunten si soy de las que ama u odia Venecia. Si han llegado hasta aquí leyendo, juzguen por sí mismos.

Venecia nunca parece del todo real, sino más bien un conjunto de películas ornamentales suspendidas en el agua.

Frida Giannini

Permitidme dedicarle esta entrada a ese par de ojos, que junto a los míos, fueron testigos de tanta maravilla, y que como los míos, nada más alzar el vuelo de retorno, ya estaban deseando volver,  (ayer, hoy y siempre), a Venecia.

Y eso hicimos… (Continuará)

Isabel Merino González

Puede interesarte

2 comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *