Larga vida al tocadiscos

LARGA VIDA AL TOCADISCOS

Las navidades pasadas recibí un inesperado y sorprendente regalo muy acorde a mi lado vintage o a mi lado B de la vida:

¡UN TOCADISCOS!

Cuando los discos eran los reyes de las tiendas de música, a las que por algo llamábamos “tiendas de discos”, y que se contaban por decenas, las navidades me sorprendieron con un equipo de música gigante. Un Technics, casi tan alto como yo. Una bestia para aquellos oídos de mis 12 años. Varios módulos: tocadiscos, procesador de sonidos, sintonizador-amplificador, radio y dos platinas de casete. Sumémosle dos altavoces gigantes que colgamos en el techo del salón ¡La ilusión de toda mi vida! Y es que con un pie a punto de pisar 8º de EGB ya me sentía mayor. Un año más tarde, ampliamos la familia con dos altavoces SONY de casi un metro cada uno. Era como tener a Mecano, a Roxette o a Europe cantando en casa. He de decir a mi favor, que mis vecinos de abajo y arriba, siguen siendo los mismos y que aún me dirigen la palabra.

Tuvo larga vida aquel Technics. Aletargado en un rincón del trastero de mi tío espera su glorioso momento de vuelta a los escenarios. Y, como lo vintage, está de moda, ya ando preparando su regreso. ¡A lo grande! No quiero detenerme en recordar aquel día que lo desmontamos, que bajamos los altavoces al suelo y que salieron de casa envueltos en plásticos.

El tocadiscos fue sustituido por la modernidad, igual que los gramófonos fueron sustituidos por ellos. Lo moderno llegó más pronto que tarde en la forma de un reproductor de discos compactos de un sólo módulo que con sus CDs de una sola cara, (no había que darles la vuelta, ¡milagro!), prometían música en estado puro. Aún mejor que los vinilos, decían. (Digital 1 – Analógico 0). Sí, sí, pero eran diminutos y no tenían cara B. Y no tener cara B era raro, por mucho bonus track que prometiesen, porque hasta las cintas de casete las tenían.

Volverán las oscuras golondrinas, pensé.

Mi tocadiscos

¡Y volvieron! ¡Aquí están! Un tocadiscos negro envuelto en un maletín de color rojo para podérmelo llevar a mi antojo adonde quiera que la música me lleve. El placer inesperado de abrir las puertas caoba del mueble del salón ha sido deseado largo tiempo. Puedo sentir el cosquilleo en la yema de los dedos. El escalofrío recorre mi espalda. Mi sonrisa se torna boba, mis pupilas se dilatan expectantes. De rodillas en el suelo, como quien ora a su Dios, extiendo los brazos y reconozco sus lomos.

Ocultaban un tesoro. Esas puertas, digo. ¡Mi tesoro! Un montón de discos que habían perdido la esperanza de volver a sonar. Durante años los he enumerado, clasificado, quitado el polvo, acariciado las imágenes de sus enormes portadas y tarareado las canciones para no olvidarlas. Esnifaba, en fin, el polvo de una época en que la música me hacía soñar. Y después, con parsimonia o nostalgia, qué más da, volvía a cerrar las puertas y ahí se quedaban, parados en el tiempo de nuevo, aletargados en un hechizo belladurmiente. Hasta que el reloj volvió a andar. Tic tac. Tic tac. Tic tac. Vuelta a la vida.

Los discos vuelven a girar en los platos, la aguja se arrastra entre surcos y avanza hacia la música… mmm, placer divino.

Brazo del tocadiscos

Y es que ahora dicen que la música donde mejor se oye es en un tocadiscos. Que los vinilos tienen el sonido más puro. (Analógico 1 – Digital 0). Que los discos que tenía guardados se han revalorizado. Que mi Technics es una joya que merece volver a su lugar de origen y reproducir esa música que me hacía bailar, soñar, cantar hasta quedar afónica, olvidarme de salir a la calle, llamar a mis amigas, acercar el auricular del góndola al altavoz y decirles:

¡Tienes que oír esto!

Y ha ocurrido. Lo vintage vuelve con más fuerza que nunca y se camufla en papel de regalo y te sorprende el día de Navidad. Y así, ¡chas!, como el chasquido de dedos de un mago ante su chistera, va y sale un conejo o un tocadiscos. Y vuelves a levantar la aguja, a quitarle con suavidad la funda de protección, a posarla en un surco bien estudiado, (aún lo recuerdas), cierras los ojos y dices: ¡Dios, esto es música!

Mis sobrinos me miran curiosos. ¿Eso qué es, tita? El asombro se abre en mis ojos. Es esta una época época en la que los niños no saben que la música pueda escucharse en una especie de rueda plana, mucho menos que haya que darle la vuelta porque tenga dos caras o que el sonido se produzca con el roce de esa diminuta aguja y haga ruiditos antes de empezar una canción. Se me amontonan las palabras en la boca, en el paladar, en la lengua, entre las muelas, suben a la nariz, me salen por las orejas y los lacrimales… Toda una época en que fui niña, adolescente, mujer… Y ellos asienten, me miran desconfiados y dicen: Pero tita, si la música se puede escuchar aquí en un USB, o en el móvil, la puedes llevar en el bolsillo y además suena igual. Les acaricio el pelo, les sonrío, asiento y digo: Sí, pero… No.

Y sé que no van a entenderlo… por ahora.

Una amiga me ha regalado un disco. Adele 19. Mi primer LP nuevo desde hace más de… ¿veinte años? No sé, ya no calculo bien la nostalgia. Y recuerdo cuando mis cartas de Reyes estaban repletas de nombres de discos y cantantes y bandas sonoras… ¿Qué quieres que te regale? Un disco, decía. (La época de los libros fue antes, durante y después. ¿Acaso un libro y un disco no son el binomio perfecto? )

Rasgaba el papel de regalo con parsimonia y me dejaba sorprender por el título, uno de entre más de diez de la lista, a veces dos, con suerte tres. Y pasaba el día siguiente, la semana, el mes… oyéndolo/s, aprendiéndome las letras, mirándolo/s girar sobre el plato, limpiando la aguja de las motas de polvo acumuladas. Aún las recuerdo todas, las letras, digo. De tanto que las leí, que las canté. No existía nada más en el mundo mientras escuchaba un disco. Supongo que descubrí el mindfulness cuando aún ni tenía nombre, ni lo necesitábamos, y ese era mi estar en el presente.

Y el ayer se ha vuelto hoy de nuevo, como tantas veces le ocurre a mi lado vintage de la vida, y doy las gracias a mis hermanos, que tanto me sufrieron con la música mañanera de los sábados al despertar y que han vuelto a recordarme que parte de quien soy se lo debo a la que fui y a aquellos discos a los que nunca abandoné. Gracias.

¡Larga vida al tocadiscos!

¡Larga vida a la música!

Isabel Merino González

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